Cuando el 16 de octubre de 1978 un cardenal polaco salió al balcón de San Pedro y saludó a la multitud con las palabras "¡No tengan miedo!", el mundo entendió que algo había cambiado en la Iglesia.
Karol Józef Wojtyla había nacido en 1920 en Wadowice, Polonia. Su infancia estuvo marcada por pérdidas tempranas: su madre murió cuando él tenía nueve años, su hermano mayor a los doce, su padre a los veinte. La soledad lo empujó hacia la oración y la literatura.
Durante la ocupación nazi de Polonia, trabajó en una cantera para evitar ser deportado. En secreto estudiaba filosofía y teología. Se ordenó sacerdote en 1946. Obispo a los treinta y ocho años. Cardenal. Y luego, papa.
Su pontificado de casi veintisiete años está marcado por hitos que cambiaron la historia: sus viajes a 129 países, su papel en la caída del comunismo en Europa del Este —que el propio Mijail Gorbachov reconoció públicamente—, el Jubileo del año 2000, la beatificación de más personas que todos sus predecesores juntos.
Pero hay una imagen que quienes lo conocieron de cerca señalan como la más verdadera: la del papa arrodillado en su capilla privada, solo, en oración, a veces durante horas. Su secretario personal, el cardenal Dziwisz, recordó que lo encontraba así incluso en noches avanzadas, con la frente apoyada en el suelo.
Su devoción mariana era profunda. En su escudo episcopal llevó el lema "Totus Tuus" —Todo tuyo— dirigido a María. Sobrevivió al atentado del 13 de mayo de 1981, en la Fiesta de Nuestra Señora de Fátima, y atribuyó su supervivencia a la intervención de la Virgen.
Murió el 2 de abril de 2005. Fue canonizado en 2014. La gente que llenó la Plaza de San Pedro ese día llevaba carteles que decían: "¡Santo súbito!" —¡Santo ya!— una frase que había surgido espontáneamente en su funeral.