En el siglo XVI, un fraile alemán llamado Martín Lutero clavó en la puerta de una iglesia de Wittenberg noventa y cinco tesis de debate. Su protesta principal apuntaba a los abusos en la venta de indulgencias: la práctica, extendida en ese momento, de cobrar dinero a cambio de ellas.
La reacción fue una de las fracturas más significativas de la historia cristiana. Pero ¿qué es exactamente una indulgencia?
La doctrina católica distingue entre la culpa del pecado y la pena temporal debida por él. La culpa se perdona en la confesión. Pero el pecado deja huellas: desórdenes en el alma que requieren purificación. La indulgencia es la remisión de esa pena, concedida por la Iglesia mediante el llamado tesoro espiritual de la Iglesia —los méritos de Cristo y de los santos.
Las indulgencias pueden ser parciales o plenarias. Una indulgencia plenaria remite toda la pena temporal debida por los pecados perdonados. Para ganarla se requiere: confesión sacramental, comunión eucarística, oración por las intenciones del Papa y realizar la obra prescrita —un peregrinaje, una visita a un lugar sagrado, la recitación de ciertas oraciones.
Lo que la Iglesia jamás permitió oficialmente —aunque los abusos históricos existieron— es comprar el perdón de los pecados. Eso nunca fue doctrina, sino corrupción de la práctica.
Las indulgencias siguen siendo parte de la vida de la Iglesia. En años jubilares, en fiestas especiales, en visitas a basílicas. Son un signo de que la Iglesia no solo administra sacramentos sino que busca activamente el bien espiritual de sus miembros.