La psicología moderna lleva décadas estudiando el poder terapéutico de la confesión verbal. Hablar de lo que nos avergüenza, nombrarlo ante otro, reduce su peso. Los terapeutas lo saben. Los sacerdotes lo saben desde hace veinte siglos.
El Sacramento de la Reconciliación —también llamado confesión o penitencia— no es solo un ritual. Es, desde la perspectiva de la fe católica, el lugar donde Dios perdona a través de un hombre. El sacerdote no actúa por mérito propio; actúa en nombre de Cristo, cuyas palabras a sus apóstoles fueron: "A quienes perdonen los pecados, les serán perdonados."
El proceso tiene cuatro movimientos que la tradición llama partes del sacramento: la contrición —el arrepentimiento genuino—, la confesión —decir los pecados con la boca—, la satisfacción —cumplir la penitencia que el sacerdote impone— y la absolución —la fórmula con que el sacerdote declara el perdón.
El secreto de confesión es absoluto. Un sacerdote no puede revelar bajo ninguna circunstancia lo que escucha en el confesionario, ni siquiera bajo amenaza de muerte. Esta protección es una de las más absolutas que existe en cualquier sistema legal o ético.
En la práctica, muchas personas describen la confesión como uno de los momentos más liberadores de su vida espiritual. No porque el sacerdote sea un psicólogo, sino porque algo ocurre en ese encuentro que va más allá de la psicología: la certeza de ser perdonado, dicha con palabras claras, por alguien autorizado para decirla.
Volver al confesionario después de mucho tiempo puede dar miedo. Los sacerdotes experimentados saben que lo que llega allí no suele sorprenderlos. Lo que sí los alegra es ver a alguien que decidió volver.