Los primeros peregrinos que visitaban Jerusalén tenían una costumbre: recorrer el camino que Jesús había seguido desde el palacio de Pilatos hasta el Calvario. Era un recorrido real, por calles reales, tocando las piedras que la tradición señalaba como testigos de la Pasión.
Con el tiempo, los fieles que no podían viajar a Tierra Santa quisieron tener esa experiencia en sus propias ciudades. Así nació el Vía Crucis tal como lo conocemos: un recorrido simbólico con catorce estaciones —momentos específicos del camino de Jesús hacia la Cruz— que los fieles meditan deteniendo ante imágenes o cruces colocadas en las paredes de la iglesia.
La forma actual del Vía Crucis se estabilizó entre los siglos XV y XVII, con una contribución importante de los franciscanos, custodios de los Santos Lugares de Jerusalén.
Las catorce estaciones tradicionales recorren desde la condena de Jesús por Pilatos hasta su sepultura. Algunas de ellas —como el encuentro de Jesús con su Madre o la Verónica que le limpia el rostro— no aparecen explícitamente en los Evangelios, sino que provienen de la devoción popular desarrollada a lo largo de los siglos.
En 1991, Juan Pablo II propuso un Vía Crucis alternativo enteramente basado en los textos evangélicos, que algunos llaman el Vía Crucis bíblico. Desde entonces, el Viernes Santo en el Coliseo de Roma, el papa suele presidir esta versión.
Rezar el Vía Crucis no es contemplar una tragedia del pasado. Es acompañar a alguien que cargó no solo una cruz de madera sino el peso de todo aquello que en el ser humano necesita ser redimido. Y descubrir, en cada caída, que alguien se levantó.