La Virgen de la Medalla Milagrosa: la aparición que cambió el siglo XIX

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En 1830, una joven novicia en París afirmó haber recibido de la Virgen María el diseño de una medalla. Lo que ocurrió cuando esa medalla empezó a circular fue tan extraordinario que la Iglesia abrió una investigación formal. El resultado convirtió a Catalina Labouré en santa.

Catalina Labouré tenía veinticuatro años y llevaba apenas cuatro meses en el noviciado de las Hijas de la Caridad en París cuando, en la noche del 18 al 19 de julio de 1830, fue despertada por una voz que la llamaba a la capilla.

Allí, según su testimonio, vio a la Virgen María sentada junto al altar. El diálogo duró más de dos horas. La Virgen le habló de las pruebas que vendrían para Francia y para la Iglesia —y en efecto, ese sería un siglo convulsionado— y le encomendó una misión.

En noviembre de ese mismo año, Catalina tuvo otra visión: vio a la Virgen de pie, sobre un globo, con rayos de luz saliendo de sus manos hacia la tierra. Una voz dijo: "Esos rayos son el símbolo de las gracias que María obtiene para quienes se las piden." Luego la imagen giró y mostró el reverso: una M coronada, una cruz, doce estrellas y dos corazones.

La voz añadió: "Haz acuñar una medalla según este modelo. Las personas que la lleven recibirán grandes gracias."

Catalina comunicó todo esto a su director espiritual, quien tardó dos años en creerle y otros dos en gestionar el permiso para acuñar la medalla. En 1832, las primeras medallas empezaron a circular en París. Las curaciones y conversiones atribuidas a ellas se multiplicaron tan rápidamente que los fieles comenzaron a llamarla "la medalla milagrosa."

Lo más notable es que Catalina guardó el secreto de ser la visionaria durante cuarenta y seis años. Solo al final de su vida, en 1876, reveló su identidad a su superiora. Murió ese mismo año. Fue canonizada en 1947.

La Medalla Milagrosa sigue siendo uno de los sacramentales más usados en el mundo católico.