Cuando la Madre Teresa murió en 1997, el mundo la despidió como un ícono de la fe alegre y confiada. Lo que nadie sabía —o casi nadie— era que durante casi cinco décadas había experimentado lo que los místicos llaman la noche oscura del alma: una profunda sequedad espiritual, una sensación de que Dios guardaba silencio.
Las cartas que escribió a sus directores espirituales, publicadas años después con el título "Ven, sé mi luz", revelaron a una mujer que oraba sin sentir nada, que servía sin recibir consuelo interior, que sonreía mientras por dentro experimentaba oscuridad.
Lejos de debilitar su imagen, esta revelación la hizo más cercana a millones de personas que también han experimentado sequedad en la oración, dudas silenciosas, momentos en que el cielo parece vacío.
Los teólogos señalan que la noche oscura no es una falla espiritual sino a veces un camino hacia una fe más madura. Teresa de Calcuta no servía a los pobres porque se sentía bien haciéndolo. Los servía porque había elegido hacerlo, independientemente de cómo se sintiera.
Eso, dicen los que la conocieron, era lo que la hacía extraordinaria. No la emoción religiosa, sino la fidelidad cuando la emoción desaparecía.
Fue canonizada en 2016. Su fiesta se celebra el 5 de septiembre. Y su historia sigue interpelando a quienes creen que los santos nunca dudan.