Lucas 15 contiene tres parábolas seguidas sobre algo perdido que se encuentra: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido. Las tres responden a la misma pregunta, formulada implícitamente por los fariseos que murmuraban porque Jesús "recibe a los pecadores y come con ellos."
La parábola del hijo pródigo es la tercera y la más larga. Un hombre tiene dos hijos. El menor le pide su parte de la herencia —en la cultura judía de la época, esto equivalía a desearle la muerte al padre. El padre la da, sin reproche aparente.
El hijo se va, lo malgasta todo, y en medio del hambre y la humillación vuelve en sí: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: 'Padre, pequé contra el cielo y ante ti...'"
Hasta aquí, el relato podría ser el de cualquier historia de moralidad. Lo que ocurre después lo transforma en otra cosa.
El padre lo ve venir cuando aún está lejos. Corre hacia él —un hombre de edad y dignidad que corre era imagen inusual en el mundo antiguo—. Lo abraza antes de que termine de hablar. Llama a celebrar antes de escuchar la confesión completa.
El hijo mayor, que nunca se fue, se enfurece. El padre sale también a buscarlo a él.
Los teólogos han estudiado este relato durante siglos. Lo que Jesús pone en el centro no es la conversión del hijo, sino la carrera del padre. La imagen de Dios que resulta de esa carrera —impaciente de misericordia, sin esperar que el hijo haya llegado— es radical.
El filósofo Paul Ricoeur llamó a esta parábola "una revolución en la imagen de Dios." Quizás por eso Jesús la contó.