La santidad no tiene un solo rostro. Estos cinco santos demuestran que el camino hacia Dios puede pasar por los escenarios más insólitos.
El primero es San Cristóbal, cuya historia es en parte leyenda y en parte inspiración duradera. Según la tradición, era un hombre de estatura gigantesca que decidió servir al rey más poderoso del mundo. Cuando supo que ese rey temía al diablo, se fue con el diablo. Cuando supo que el diablo temía a Cristo, se hizo cristiano. Terminó ayudando a los peregrinos a cruzar un río peligroso, y un día cargó a un niño cuyo peso lo aplastó: era el niño Jesús. Su nombre significa "el que lleva a Cristo."
San Ignacio de Loyola comenzó como soldado que soñaba con hazañas de guerra. Una bala de cañón le destrozó la pierna en el sitio de Pamplona. Durante la convalecencia, pidió libros de caballerías para entretenerse. Le trajeron en cambio una vida de Cristo y una hagiografía. Esas lecturas lo cambiaron todo. El militar se convirtió en fundador de los jesuitas.
Santa María de Egipto fue prostituta durante diecisiete años en Alejandría. Viajó a Jerusalén por curiosidad, no por devoción. Cuando intentó entrar a la Basílica del Santo Sepulcro, una fuerza invisible la detuvo en la puerta. Interpretó esa señal como un llamado. Se retiró al desierto y vivió sola durante cuarenta y siete años en penitencia.
San José de Copertino era conocido como "el fraile volador" porque durante la oración se elevaba físicamente del suelo. El fenómeno, documentado por cientos de testigos incluidos reyes y nobles, lo hacía tan incómodo a él como a sus superiores. Sus superiores llegaron a prohibirle asistir a los actos comunitarios para evitar escenas.
Santa Genoveva de París tenía quince años cuando Atila el Huno avanzaba hacia la ciudad. Mientras la población huía, ella convenció a los parisinos de quedarse y rezar. Atila desvió su marcha. La ciudad se salvó. Un milagro, dicen los creyentes. Una coincidencia, dicen los escépticos. En cualquier caso, Genoveva sigue siendo patrona de París.