Lucía, Francisco y Jacinta tenían entre siete y diez años cuando comenzaron las apariciones. Era el 13 de mayo de 1917, plena Primera Guerra Mundial. Una mujer vestida de blanco apareció sobre una encina y les pidió que volvieran el 13 de cada mes durante seis meses.
Los niños obedecieron. La gente del pueblo los siguió, primero con desconfianza, luego con curiosidad, finalmente en multitudes. El 13 de octubre de 1917, unas setenta mil personas presenciaron lo que se conoce como el Milagro del Sol: el astro pareció girar y descender en espiral sobre la muchedumbre.
La Virgen confió a los pastorcitos tres secretos. Los dos primeros fueron revelados relativamente pronto: una visión del infierno y una profecía sobre la Segunda Guerra Mundial. El tercero tardó décadas en conocerse y fue publicado por el Vaticano en el año 2000: una figura vestida de blanco caía bajo disparos, imagen que muchos interpretaron como el atentado contra Juan Pablo II en 1981.
Francisco y Jacinta murieron jóvenes, víctimas de la gripe española. Fueron beatificados y luego canonizados. Lucía se hizo carmelita y vivió hasta 2005, siendo la única de los tres videntes que pudo ver el reconocimiento oficial de la Iglesia.
Fátima no es solo historia. Cada año, millones de peregrinos recorren de rodillas el camino al santuario. Panamá tiene comunidades que celebran la fiesta del 13 de mayo con procesiones, rosarios y renovación de consagración a María.
El mensaje de Fátima cabe en tres palabras que la Virgen repitió en cada aparición: oración, penitencia, conversión.