Imagina que el calendario tiene dos capas: la del anuario civil, que todos conocemos, y la del alma, que la Iglesia ha construido durante dos milenios. Esa segunda capa se llama año litúrgico, y es un viaje anual por la vida entera de Jesucristo.
El año litúrgico comienza con el Adviento, cuatro semanas de preparación antes de Navidad. El color es morado: tiempo de espera y conversión. La Iglesia no empieza el año celebrando; lo empieza esperando. Eso ya dice mucho de su sabiduría.
Luego viene el Tiempo Ordinario, que en realidad no tiene nada de aburrido: es cuando la Iglesia medita los milagros, parábolas y enseñanzas de Jesús. El color es verde: crecimiento y esperanza.
La Cuaresma interrumpe ese verde con su morado penitencial. Cuarenta días que recuerdan los cuarenta de Jesús en el desierto. La Semana Santa lleva a un crescendo dramático: el Jueves Santo lava los pies, el Viernes Santo llora en la Cruz, el Sábado guarda silencio.
Y luego explota la Pascua. Cincuenta días de blanco y alegría. La resurrección no es un evento de un día: es una estación entera.
El Tiempo Pascual culmina con Pentecostés, que celebra la llegada del Espíritu Santo.
Luego regresa el Tiempo Ordinario verde, hasta que el Adviento vuelve a comenzar el ciclo.
Conocer todo esto, es aprender a caminar con la Iglesia.