Una de las primeras preguntas que se hacen los no católicos —y a veces también los católicos— es: ¿por qué hay tantas Vírgenes? ¿Es la de Guadalupe la misma que la de Fátima? ¿Hay que elegir a cuál venerar?
La respuesta teológica de la Iglesia es tajante: hay una sola María, la madre de Jesús. Las distintas advocaciones no son personas distintas sino formas en que esa misma persona se ha hecho presente a lo largo de la historia y en distintas culturas.
Una advocación puede nacer de una aparición —como Guadalupe, Fátima o Lourdes. O de un atributo teológico —como la Inmaculada Concepción. O de un lugar de culto que fue creciendo —como Nuestra Señora del Carmen, vinculada a la espiritualidad del Monte Carmelo en Israel. O de un objeto devocional —como la Medalla Milagrosa o el Perpetuo Socorro.
En Panamá, la devoción mariana tiene nombres propios: la Inmaculada Concepción es patrona de la nación. La Virgen del Carmen tiene santuario en múltiples comunidades. La de Guadalupe reúne a comunidades mexicanas y centroamericanas. El Rosario conecta a millones de familias con una práctica cotidiana.
Lo que unifica todas estas advocaciones es la convicción de la Iglesia de que María intercede ante su Hijo por sus hijos. La forma, el nombre, el lugar de la aparición son circunstanciales. La intercesión es constante.
Venerar a la Virgen de Fátima no excluye amar a la de Guadalupe. Son ventanas distintas a la misma luz.