Hay una tentación de pensar que la Pascua dura un día. El Domingo de Resurrección, con su alegría, sus velas y su gloria, parece un punto de llegada. Pero la Iglesia, con la sabiduría de veinte siglos, lo considera un punto de partida.
El Tiempo Pascual se extiende durante cincuenta días, desde el Domingo de Resurrección hasta Pentecostés. En ese período, la Iglesia continúa cantando el Aleluya, que había guardado silencio durante toda la Cuaresma. Los colores son blancos y dorados. El Gloria, que tampoco se canta en Cuaresma ni en Adviento, suena cada domingo.
Los cincuenta días no son arbitrarios. En la tradición bíblica, el número cincuenta tiene resonancia propia: la fiesta de Pentecostés judía se celebraba cincuenta días después de la Pascua judía, conmemorando la entrega de la Ley en el Sinaí. La Iglesia cristiana toma ese marco y lo reinterpreta: cincuenta días después de la Resurrección, el Espíritu Santo desciende sobre los apóstoles reunidos con María en el Cenáculo.
En ese recorrido de cincuenta días, la liturgia medita las apariciones del Resucitado: a María Magdalena en el jardín, a los discípulos en el Cenáculo, a Tomás, a los dos en el camino de Emaús, a los siete junto al lago de Galilea. Jesús no resucitó y desapareció: se quedó cuarenta días con sus discípulos antes de ascender al cielo.
El Tiempo Pascual termina en Pentecostés, pero su espíritu continúa. La Iglesia que celebra la Resurrección durante cincuenta días es la misma que intenta vivir desde la Resurrección los otros trescientos quince días del año.
La Pascua no fue un domingo. Fue un punto sin retorno.