El Evangelio de Marcos indica que Jesús murió "a la hora nona" —que en el sistema de cómputo judío del tiempo correspondía a las tres de la tarde de nuestros días. En ese momento, el velo del Templo se rasgó en dos. La tierra tembló. Un centurión romano dijo: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios."
A lo largo de la historia, la Iglesia ha señalado ese momento como especialmente significativo. La Liturgia de las Horas —el conjunto de oraciones que los sacerdotes, religiosos y muchos laicos rezan a lo largo del día— incluye la Nona, originalmente rezada a esa hora.
En el siglo XX, Santa Faustina Kowalska recibió —según su diario— el siguiente mensaje de Jesús: "A las tres de la tarde, implora mi misericordia, especialmente para los pecadores; y aunque sea por un momento, sumérgete en mi Pasión, particularmente en mi abandono en el momento de la agonía; es la hora de la gran misericordia para el mundo entero."
La práctica que surgió de esta espiritualidad es sencilla: a las tres de la tarde, detener lo que se está haciendo, aunque sea por unos minutos, y dirigir el pensamiento hacia la Pasión de Cristo. Rezar la Coronilla de la Divina Misericordia o simplemente repetir: "Jesús, en ti confío."
En una cultura donde el tiempo está fragmentado en notificaciones y tareas, detener el reloj un momento a las tres de la tarde es un gesto contracultural. Es recordar que hay algo más importante que el siguiente mensaje por responder.
Pon una alarma. A las tres de la tarde.