"Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti." Estas palabras, con las que Agustín comienza sus Confesiones, resumen una vida entera de búsqueda equivocada y encuentro definitivo.
Nació en el año 354 en Tagaste, norte de África —actual Argelia—. Su padre, Patricio, era pagano; su madre, Mónica, era cristiana ferviente. Desde pequeño, Agustín mostró una inteligencia excepcional. Estudió retórica y filosofía, se convirtió en maestro brillante y buscó la verdad en el maniqueísmo, una corriente filosófica dualista que afirmaba la existencia de dos principios eternos —el bien y el mal— en lucha perpetua.
Pero también llevaba una vida que su madre lloraba: tuvo una concubina con quien vivió más de diez años y con quien tuvo un hijo, Adeodato. Sus Confesiones describen sin pudor su desorden interior: "Dame castidad y continencia, pero todavía no."
Fue a Milán, donde escuchó predicar a Ambrosio, el obispo. Algo comenzó a moverse. Las lecturas filosóficas de Platón y luego las Cartas de Pablo completaron el recorrido. En el verano del año 386, en un jardín de Milán, escuchó la voz de un niño que repetía: "Toma y lee." Abrió las cartas de Pablo al azar, leyó y algo se resolvió dentro de él.
Se bautizó en la Vigilia Pascual del 387. Su madre Mónica, que había rezado sin cesar durante décadas, murió poco después, habiendo visto lo que esperaba.
Agustín se convirtió en obispo de Hipona y escribió obras que siguen siendo estudiadas en universidades de todo el mundo. Murió en el año 430, mientras los vándalos sitiaban su ciudad.
Su historia es la historia de toda persona que busca y tarda en encontrar: la perseverancia de la gracia no tiene prisa, pero tampoco se rinde.