Juan Diego Cuauhtlatoatzin era un indio chichimeca convertido al cristianismo, de unos cincuenta y siete años, viudo y modesto. El 9 de diciembre de 1531, mientras caminaba al alba hacia Ciudad de México para asistir a Misa, escuchó cantos de pájaros en el Cerro del Tepeyac y vio una luz.
Desde esa luz, una mujer joven le habló en su propia lengua, el náhuatl. Se identificó como la Madre de Dios y le pidió que fuera donde el obispo Juan de Zumárraga a solicitar que se construyera una ermita en ese lugar.
El obispo no le creyó. Pidió una señal.
El 12 de diciembre, la Virgen indicó a Juan Diego que cortara rosas en el Tepeyac —era invierno y las rosas no crecían allí— y las llevara al obispo en su tilma, la capa indígena de ayate. Cuando Juan Diego abrió la tilma ante el obispo, las rosas cayeron al suelo y en la tela había quedado impresa la imagen de la Virgen tal como él la había descrito.
Lo que ha fascinado a científicos durante siglos es lo que encontraron al estudiar esa imagen con tecnología moderna. Los ojos de la Virgen en la tilma muestran lo que parece ser un reflejo de varias figuras humanas, como si capturaran el momento en que Juan Diego abrió la capa ante el obispo. La fibra del tejido, examinada por expertos, no presenta técnica pictórica identificable bajo los microscopios.
Juan Diego fue canonizado por Juan Pablo II en 2002. Su tilma, conservada en la Basílica de Guadalupe en Ciudad de México, sigue siendo el santuario mariano más visitado del mundo.