El Rosario nació como una oración sencilla: cuentas, Ave Marías y meditación. Con el tiempo se organizó en tres grupos de cinco misterios —Gozosos, Dolorosos y Gloriosos— que recorrían la vida de Jesús desde la Anunciación hasta el cielo.
Así estuvo durante siglos. Hasta octubre de 2002.
Ese año, Juan Pablo II publicó la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae y propuso algo que sorprendió al mundo católico: añadir un cuarto grupo de misterios. Los llamó Luminosos, y recorren la vida pública de Jesús: su bautismo en el Jordán, las bodas de Caná, la proclamación del Reino, la Transfiguración y la institución de la Eucaristía.
¿Por qué este cambio? El propio Juan Pablo II explicó que los misterios anteriores saltaban desde la infancia de Jesús directamente a su pasión, dejando un vacío en su vida adulta. Los misterios luminosos venían a iluminar esa etapa intermedia.
El papa polaco tenía una devoción profunda por el Rosario. Él mismo confesó haberlo rezado a diario desde su juventud. No fue un cambio administrativo: fue el regalo de un hombre enamorado de María que quería compartir con el mundo lo que había descubierto en años de oración.
Hoy, el Rosario completo tiene 20 misterios. Los luminosos se rezan los jueves. Y la historia sigue siendo joven: tiene apenas dos décadas.